Las bodas eran acontecimientos muy especiales en los que nos esforzábamos en lucir las mejores galas. Recuerdo que mi compañera de oficina, Loly nos invitó a su boda. Era la primera vez que asistía a un acto así, fuera de la familia. El vestido blanco me lo había confeccionado mi vecina Antoñita. Lo llevé a otra boda, que debió celebrarse ese verano. En esta imagen lo importante es la joven que se sienta junto a mí: María Luisa. No menos importante es el flequillo de ambas. ¿Fuimos a la misma peluquera? Ni siquiera. Eran las madres, que tenían poco tino con las tijeras, y nos dejaban de esa guisa. Un horror. Me pregunto por qué se me ve el pelo tan oscuro. No lo entiendo , porque yo, que nací pelirroja, no he sido nunca morena, ni de piel ni de pelo. Supongo que es la fotografía trabajada en un laboratorio manual. Los tonos grises no aparecen. O blanco o negro. Vuelvo a mi compañera. Mira de soslayo. No quiere ser directa, ni tampoco su sonrisa lo es. Yo soy más espontanea y sonrío a la cámara sin tanto disimulo, aunque tímida, eso sí. Fuimos compañeras y amigas durante varios años en la oficina. Pero también competíamos por el mismo chico. Yo, de forma más disimulada, porque no tenía claro qué era lo que me atraía de él, y no me fiaba mucho de aquel atractivo joven que enamoraba a todas las jóvenes con las que conviviamos en el trabajo. Ella consiguió salir con él durante un tiempo y presumía públicamente de haber sido elegida por aquel bellezón. Pero le duró muy poco. Parece que él tenía una doble vida y se casó de la noche a la mañana, sin dar explicaciones a nadie. Fue una historia muy rara e inquietante, al menos para mí, que no entendía que alguien pudiera vivir dos vidas, sin inmutarse. Maria Luisa se consoló enseguida con otro y siguió su vida. Eso sí. Siempre pensé que yo era más agraciada que ella y no entendía por qué fue la elegida. Tampoco yo tenía nada claro respecto a los chicos. Me enamoraba fácilmente de forma muy inocente, pero mis miedos eran muchos.

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