La foto está reconstruida por la IA. La parte derecha del rostro no es la suya. Tranzando una línea en diagonal pasando por la mitad de los labios hacia la derecha, subiendo hasta el pelo... así reconozco a esta niña que no tenia más de nueve años y estaba triste. Sus hermosos ojos azules tienen una expresión de adulta, de seriedad... poco común para una criatura de esa edad. No es la mejor foto que se puede tener, pero al menos he recuperado esta parte de historia. La foto clásica escolar: niña con babi, lazo, trenzas, bola del mundo, mapa mundi a la espalda y libro abierto... y el flequillo, ¡ay! ese flequillo, cortado sin ton ni son, como se decía entonces, a lo loco. Todo muy tierno.
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sábado, 16 de febrero de 2013
La maestra que siempre ha recordado. Doña Mercedes
Escuela unitaria en la calle Jiménez. Doña Mercedes, la maestra de sonrisa amorosa, con sus pupilas en un frío día invernal. Niñas desde los cinco o seis años, hasta los trece o catorce, como Lola la del Alguacil, la más alta, al fondo. Niñas de luto, como nos vestían antes, si alguien de la familia desaparecía, tal es el caso de Carmen y Mª Luisa, dos hermanas que se quedaron sin padre siendo todavía muy chicas. La pequeña, sentada en primera fila en mediode sus compañeras con vestiditos livianos muy claros, con los que se pasaba, seguro, mucho frio... Pero apenas había diferencias entre una estación y otra. Si a caso unos calcetines para cubrir los piés y una chaqueta de punto, tejida por las abuelas o las madres más hacendosas y mañosas con las agujas. De algunas, recuerdo los nombres y todavía las puedo identificar: Agueda, Encarna Salvadora, Carmen, Asunción, Marina, María... Mis contemporáneas, las que jugaron conmigo en los recreos, las que tomaban leche en polvo en la hora del desayuno, las que tenian que llevar una lata con brasas para calentarse las manos en aquellos gélidos inviernos, las que cantaban "Con flores a María, con flores a porfía" y jugaban a princesas en los rincones cercanos a la Iglesia, porque aquellas viejas piedras recordaban a las de los castillos antiguos, las que vivieron una infancia humilde y tal vez algo feliz en un pueblo de la sierra jienense.
Después de la Primera Comunión.
Tres angelitos... niños buenos a los que su madre quería hacer la foto de fiesta, aprovechando los trajes de comunión ya arreglados. Él con la chaqueta de general, con botonera de oro y cruzada; ella sin los volantes que alargaban su vestido de princesa, pero con el mismo cancán de ese día, que levanta la falda, y pretende hacerla más vaporosa, como era moda en la época. Las piernas flacas de niña que come lo justo y hace mucho ejercicio subiendo y bajando el terrero. El corte de pelo le sienta bien y seguro que estaba recién hecho. Ya no tendrá que luchar contra su melena rojiza y encrespada, resistente a cualquier peinado que no sea recogido. La foto está tomada en pleno verano, eso está claro; o quizás en el dia del Corpus, que se celebraba mucho y los niños se vestían de gala. Y eso sí, todos deslumbrados, por el sol abrasador del verano. Puede calcular la edad mirando a su hermana pequeña, que ya apuntaba maneras... pizpireta, mirando de lado, y no a la cámara como sus hermanos. No más de dos años. Han pasado casi sesenta entre el blanco y negro de la imagen familiar y esta otra en color, junto a su compañera del Ateneo.(1959-2017) El ramo de flores, la sonrisa... Es un día feliz y extraordinario. Acaba de presentar un libro. Es el broche de oro a un sueño que lleva años alimentando en silencio: dejar escrita una experiencia personal, pero también colectiva: la emigración.
La princesa
Como una princesa iba la niña. Siete años, como todas sus compañeras, y tenía que tener uso de razón para poder cumplir con los mandamientos, los sacramentos y demás normas de la Santa Madre Iglesia. Porque, si no, tenía que confesar y tener un proposito firme de no volver a caer en el pecado. ¡Pobre niña buena! Teresa era una santa, una niña obediente, que nunca rompió un plato, que por cumplir, era hasta exagerada en sus obligaciones. Iba a la escuela con doña Rosa, su maestra en esa época, a la que adoraba, y procuraba llevar siempre aprendidas las lecciones y el catecismo. No hay duda de que se madre se esmeró en el traje y los abalorios. Tomasa la modista se encargó de coserle el vestido... el libro con tapas de nácar , el rosario, la corona, todo lo demás, lo compró su madre para ella y aún lo conserva. Y ese día, el dia de su Primera Comunión, estaba entre feliz y nerviosa...Lo único que recuerda en realidad es el chocolate con plumillas que pusieron en el comedor de la Fonda de Cadenas, y la foto que se hizo, con su maestra y dos compañeras de escuela: Catalina y Antonia y que le gustaría recuperar.
Fotos de los primos de Cádiz
Vinieron los primos de Cádiz, con sus cámaras, con aquel estilo que, sin hablar, te decía que tú eras un pueblerino. ¡Venga, que les vamos a echar una foto a los niños!... ¡venga, venga, antes de que se vaya el sol! Y ahí se pone la madre con sus tres criaturas, lo más arregladas posible, incluso con bolsito, la niña. Y ella, la pobre, como siempre, con el uniforme de ama de casa decente, que no se quita el mandil ni para una ocasión así. De luto estaba, toda de oscuro, y se olvidó hasta de quitarse la zapatillas de cuadros. Y de peluquería, no digamos, ni pisarla, así que no iba a ir sólo por la foto. Su pelo sujeto con unas horquillas y bien limpia, que es lo que tiene que hacer una mujer en condiciones. La más guapa, la más bonita de toda la foto: la princesa, con sus mejores galas, con su gorrito y todo... la que ha destronado a Teresa, que, mansamente entorna los ojos para que el sol no la deslumbre.
Camino del cementerio
Niñas y niños de posguerra. Tristeza en la mirada, pobreza en sus vestidos, obediencia al fotógrafo que trata de plasmar un momento especial: Dia de todos los Santos en 1956, más o menos. Volvíamos del cementerio, de poner los faroles en la cruz del abuelo... ¿A quién se le ocurrió esta idea tan inaudita de poner a cuatro criaturas muertas de frio, a cinco o seis grados... a diez, como mucho, a hacerse un retrato? ¿Qué recuerdo querían guardar con esta triste imagen?
Niños de domingo
Era la primera vez que tenían delante un artilugio así... y el hombre diciéndoles: ¡Niños, venga, una sonrisita! Ahora entendían por qué mamá se había empeñado en poderles tan guapos. Ella con el vestidito de las fiestas, con sus calcetines de hilo y los zapatos, comprados en la tienda del pueblo de al lado, para estrenar el Domingo de Ramos. Él, con aquel traje blanco, casi de comunión y la camisa, que le quedaba tan grande, que las mangas le tapaban las manos. El calzado delata que la economía no es muy bollante: unas sandalias de goma, sobre calcetines de hilo blancos. Y las miradas...¡ay, las miradas! Ella de extrañeza, él de susto... ¿En qué estarían pensando Juan y Teresa?
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