Me miro y no reconozco esa sonrisa tan hermosa, tan llena de alegría. Miraba la cámara con intención de expresar un estado de ánimo muy optimista. Y no era así. Lo recuerdo perfectamente. Viajé a conocer a mi amiga Ángeles. Era un verano muy triste porque yo no acababa de acostumbrarme a la nueva maternidad y necesitaba salir de la casa, tomar el aire, estar con gente y en definitiva, tratar de dejar aparcado por unos días mi mundo tan limitado, con Pablo como protagonista. Y sin embargo, qué guapa estoy, qué sonrisa y qué actitud tan receptiva y cariñosa. Tenia 34 años. y estaba viviendo una gran crisis.
jueves, 9 de julio de 2026
sábado, 29 de junio de 2024
MI POBRE MADRE
Mi pobre madre... Es lo único que se me ocurre decir, observando esta triste imagen. Calculo que se hizo aproximadamente en el año 1958-60, y lo digo porque mi hermano, el muchacho que parece escondido detrás de su madre, no tenía más de 10 o 12 años. Nadie diría que estas mujeres no tenían ni 40 años. La de negro, mi madre, la de la izquierda, Juana, casada con su primo Santiago. Ambas aproximadamente de la misma edad. ¡No es posible! ¿Cómo estas mujeres llegaban a esa edad con un aspecto tan poco cuidado? Parece casi imposible que todavía, casi llegando al año 1960, la vestimenta habitual de las mujeres de clase trabajadora parezca de plena posguerra. Pero era así. Y lo peor es que durante años fue así como conocí a mi madre. Una madre, sólo una madre. Su femeneidad permaneció totalmente escondida, diría que disimulada, invisible; como si su única misión en la vida fuera dar vida y cuidar a las personas de su familia. Nadie le enseñó nada sobre estética, sobre resaltar su natural atractivo, sin tener que hacer mucho gasto. De hecho, lo que parece es que no había ni que intentarlo. Y si no, aquí tenéis otra foto de la misma época. Quizás un año antes, con mi hermana pequeña en los brazos: 1958. Parece más delgada y el niño un poco más pequeño. ¿Y la peluquería? ¡Santo cielo!, qué desastre. La vida no estaba para gastarse el dinero en esas zarandajas, pero no puedo más que sentir pena. Ni siquiera las zapatillas de paño de estar por casa se le ocurrió cambiarlas por algún calzado mejor, algún zapato que debía de tener para los dias de fiesta. Y el mandil, ese mandil que lo cubría todo. Las mujeres de su casa no hacían nada sin él. ünica forma de no manchar el único sallo que tenían y que había que cuidar como oro en paño. Decididamente, mi madre y su prima tenían poca conciencia de lo que era una fotografía; de que esa imagen quedaría para la historia. Y además ¿de qué les hubiera servido? Era así como se vestían a diario y no creo que entrara en su imaginación otra posibilidad. Podrían haberse comparado con Paquita, la prima gaditana. Ella era una mujer de ciudad, y se ve en su aspecto. Su vestido ya no tiene que ver con estar de luto por nada. Algo más joven que ellas, pero no mucho. Sin embargo, imagino que Juana y Rosario no pensaban que podían emularla en algo, sobre todo porque sus medios económicos no daban para ir a comprar un trozo de tela y encargar un vestido a la modista del pueblo. Eso era un lujo que sólo se lo permitían para algo muy importante. Mi madre, por ejemplo, usó dos trajes de chaqueta durante muchos años, uno gris y otro azulón. Se los confeccionaron para su boda, pero le duraron años. Si había que gastar dinero en ropa, lo hacía para sus hijos. Total, ella no salía de su entorno, apenas se permitía acercarse a ver la llegada de la patrona el día 25 de septiembre a casa de su hermana, que vivía en la calle principal. Se arreglaba un poco, se repasaba el pelo, y se sentaba en el portalón y santas pascuas. Esa era su feria.
Y lo peor es que así la conocí muchos años después, ya en la ciudad de Barcelona. Nunca dejó de ser esa mujer que no va a la peluquería, que se arregla con cualquier cosa, y lleva el mismo abrigo de invierno años y años. "Una buena capa, todo lo tapa" era su frase preferida. Y así era. Debajo del abrigo siempre el mismo sallo, pasado de moda, gastado y sin ninguna gracia. Incluso cuando ya entraban en la casa tres sueldos. Ella no se sentía con derecho a gastar el dinero en mejorar su aspecto. No sé si se miraba al espejo, la verdad.
No es extraño que me costara tanto independizarme de su criterio a la hora de aprender a vestirme con cierta gracia. Nunca me permitió llevar minifalda. De eso nada. Un poco más corta de la rodilla sí, pero no mucho. Una madre muy anticuada. Así es. Así ha sido y así he tenido que vivir durante mi primera juventud. Ya casada fue cuando sentí la libertad de poder seguir mi propio criterio. A ella siempre la vi más vieja de lo que era en realidad y sólo cuando enviudó y se sintió con legitimidad para gastar su propio dinero, fue cuando empezó a cuidarse más. Coincidió con su vuelta al pueblo, donde se relacionaba con con sus vecinas, mujeres que se ponían guapas para salir a misa o para ir al mercado. Su adaptación en ese sentido tuvo ese carácter. No quería ser criticada, sino sentirse como una más. Esta foto de una boda, es un ejemplo de cómo ya muy cerca de los 80 se la ve arreglada.
¡Pobre madre mía Qué pena me da. Qué poco disfrutó de la vida.
martes, 30 de abril de 2024
Vuelta al origen (17 años)
lunes, 29 de abril de 2024
Los primeros tcacones
Para ser una jovencita, los tacones eran imprescindibles. En la plaza de la iglesia del barrio, alguien dejó constancia de ese estreno, y cómo no, el bolso. Aunque la imagen me devuelve una niña de rostro inocente y actitud insegura, como buscando la pose que la haga parecer lo que no es. Quince años, sólo quince años. Pîenso en las adolescentes de ahora, su vestuario, su postura física, su desparpajo y descaro. Nada que ver. Mitad control materno, mitad el propio autocontrol. Nunca necesité las prohibiciones porque dentro de mí estaba la voz de la honestidad y la posibilidad de caer, de sucumbir a los deseos, a las fantasías inalcanzables y peligrosas.
lunes, 1 de abril de 2024
Joven, pero triste
Vecinas, amigas, confidentes en un tiempo lejano. Mi madre, Rosario y Mº Dolores, la hija de Antonio el hornero, más joven y con aspecto menos lúgubre. Me pregunto si esta foto se hizo cuando mi madre tenía luto por su madre o por su abuelo... Lo desconozco, pero es una imagen triste. Dos jóvenes, cuyas vidas iban a transcurrir por derroteros parecidos. ¿Quién les iba a decir entonces que acabarían viviendo en una ciudad como Barcelona y allí pasarían la mayor parte de sus vidas?
jueves, 16 de junio de 2022
Bodas, bautizos y comuniones
Las bodas eran acontecimientos muy especiales en los que nos esforzábamos en lucir las mejores galas. Recuerdo que mi compañera de oficina, Loly nos invitó a su boda. Era la primera vez que asistía a un acto así, fuera de la familia. El vestido blanco me lo había confeccionado mi vecina Antoñita. Lo llevé a otra boda, que debió celebrarse ese verano. En esta imagen lo importante es la joven que se sienta junto a mí: María Luisa. No menos importante es el flequillo de ambas. ¿Fuimos a la misma peluquera? Ni siquiera. Eran las madres, que tenían poco tino con las tijeras, y nos dejaban de esa guisa. Un horror. Me pregunto por qué se me ve el pelo tan oscuro. No lo entiendo , porque yo, que nací pelirroja, no he sido nunca morena, ni de piel ni de pelo. Supongo que es la fotografía trabajada en un laboratorio manual. Los tonos grises no aparecen. O blanco o negro. Vuelvo a mi compañera. Mira de soslayo. No quiere ser directa, ni tampoco su sonrisa lo es. Yo soy más espontanea y sonrío a la cámara sin tanto disimulo, aunque tímida, eso sí. Fuimos compañeras y amigas durante varios años en la oficina. Pero también competíamos por el mismo chico. Yo, de forma más disimulada, porque no tenía claro qué era lo que me atraía de él, y no me fiaba mucho de aquel atractivo joven que enamoraba a todas las jóvenes con las que conviviamos en el trabajo. Ella consiguió salir con él durante un tiempo y presumía públicamente de haber sido elegida por aquel bellezón. Pero le duró muy poco. Parece que él tenía una doble vida y se casó de la noche a la mañana, sin dar explicaciones a nadie. Fue una historia muy rara e inquietante, al menos para mí, que no entendía que alguien pudiera vivir dos vidas, sin inmutarse. Maria Luisa se consoló enseguida con otro y siguió su vida. Eso sí. Siempre pensé que yo era más agraciada que ella y no entendía por qué fue la elegida. Tampoco yo tenía nada claro respecto a los chicos. Me enamoraba fácilmente de forma muy inocente, pero mis miedos eran muchos.
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