Vinieron los primos de Cádiz, con sus cámaras, con aquel estilo que, sin hablar, te decía que tú eras un pueblerino. ¡Venga, que les vamos a echar una foto a los niños!... ¡venga, venga, antes de que se vaya el sol! Y ahí se pone la madre con sus tres criaturas, lo más arregladas posible, incluso con bolsito, la niña. Y ella, la pobre, como siempre, con el uniforme de ama de casa decente, que no se quita el mandil ni para una ocasión así. De luto estaba, toda de oscuro, y se olvidó hasta de quitarse la zapatillas de cuadros. Y de peluquería, no digamos, ni pisarla, así que no iba a ir sólo por la foto. Su pelo sujeto con unas horquillas y bien limpia, que es lo que tiene que hacer una mujer en condiciones. La más guapa, la más bonita de toda la foto: la princesa, con sus mejores galas, con su gorrito y todo... la que ha destronado a Teresa, que, mansamente entorna los ojos para que el sol no la deslumbre.

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