sábado, 29 de junio de 2024

MI POBRE MADRE

 


Mi pobre madre... Es lo único que se me ocurre decir, observando esta triste imagen. Calculo que se hizo aproximadamente en el año 1958-60, y lo digo porque mi hermano, el muchacho que parece escondido detrás de su madre, no tenía más de 10 o 12 años. Nadie diría que estas mujeres no tenían ni 40 años.  La de negro, mi madre, la de la izquierda, Juana,  casada con su primo Santiago. Ambas aproximadamente de la misma edad. ¡No es posible! ¿Cómo estas mujeres llegaban a esa edad con un aspecto tan poco cuidado? Parece casi imposible que todavía, casi llegando al año 1960, la vestimenta habitual de las mujeres de clase trabajadora parezca de plena posguerra. Pero era así. Y lo peor es que durante años fue así como conocí a mi madre. Una madre, sólo una madre. Su femeneidad permaneció totalmente escondida,  diría que disimulada, invisible; como si su única misión en la vida fuera dar vida y cuidar a las personas de su familia. Nadie le enseñó nada sobre estética, sobre resaltar su natural atractivo, sin tener que hacer mucho gasto. De hecho, lo que parece es que no había ni que intentarlo. Y si no, aquí tenéis otra foto de la misma época. Quizás un año antes, con mi hermana pequeña en los brazos: 1958. Parece más delgada y el niño un poco más pequeño. ¿Y la peluquería? ¡Santo cielo!, qué desastre. La vida no estaba para gastarse el dinero en esas zarandajas, pero no puedo más que sentir pena. Ni siquiera las zapatillas de paño de estar por casa se le ocurrió cambiarlas por algún calzado mejor, algún zapato que debía de tener para los dias de fiesta. Y el mandil, ese mandil que lo cubría todo. Las mujeres de su casa no hacían nada sin él. ünica forma de no manchar el único sallo que tenían y que había que cuidar como oro en paño. 
Decididamente, mi madre y su prima tenían poca conciencia de lo que era una fotografía; de que esa imagen quedaría para la historia. Y además ¿de qué les hubiera servido? Era así  como se vestían a diario y no creo que entrara en su imaginación otra posibilidad. Podrían haberse comparado con Paquita, la prima gaditana. Ella era una mujer de ciudad, y se ve en su aspecto. Su vestido ya no tiene que ver con estar de luto por nada. Algo más joven que ellas, pero no mucho. Sin embargo, imagino que Juana y Rosario no pensaban que podían emularla en algo, sobre todo porque sus medios económicos no daban para ir a comprar un trozo de tela y encargar un vestido a la modista del pueblo. Eso era un lujo que sólo se lo permitían para algo muy importante. Mi madre, por ejemplo, usó dos trajes de chaqueta durante muchos años, uno gris y otro azulón. Se los confeccionaron para su boda, pero le duraron años. Si había que gastar dinero en ropa, lo hacía para sus hijos. Total, ella no salía de su entorno, apenas se permitía acercarse a ver la llegada de la patrona el día 25 de septiembre a casa de su hermana, que vivía en la calle principal. Se arreglaba un poco, se repasaba el pelo, y se sentaba en el portalón y santas pascuas. Esa era su feria. 
Y lo peor es que así la conocí muchos años después, ya en la ciudad de Barcelona. Nunca dejó de ser esa mujer que no va a la peluquería, que se arregla con cualquier cosa, y lleva el mismo abrigo de invierno años y años. "Una buena capa, todo lo tapa"  era su frase preferida. Y así era. Debajo del abrigo siempre el mismo sallo, pasado de moda, gastado y sin ninguna gracia. Incluso cuando ya entraban en la casa tres sueldos. Ella no se sentía con derecho a gastar el dinero en mejorar su aspecto. No sé si se miraba al espejo, la verdad. 
No es extraño que me costara tanto independizarme de su criterio a la hora de aprender a vestirme con cierta gracia. Nunca me permitió llevar minifalda. De eso nada. Un poco más corta de la rodilla sí, pero no mucho. Una madre muy anticuada. Así es. Así ha sido y así he tenido que vivir durante mi primera juventud. Ya casada fue cuando sentí la libertad de poder seguir mi propio criterio. A ella siempre la vi más vieja de lo que era en realidad y sólo cuando enviudó y se sintió con legitimidad para gastar su propio dinero, fue cuando empezó a cuidarse más. Coincidió con su vuelta al pueblo, donde se relacionaba con con sus vecinas, mujeres que se ponían guapas para salir a misa o para ir al mercado. Su adaptación en ese sentido tuvo ese carácter. No quería ser criticada, sino sentirse como una más.  Esta foto de una boda, es un ejemplo de cómo ya muy cerca de los 80 se la ve arreglada. 

 ¡Pobre madre mía  Qué pena me da. Qué poco disfrutó de la vida.  


 

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